Gipuzko Buru Batzarra
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EUSKAL HERRIA, HERRI BAKARRA
La firma por parte de EAJ-PNV y PSE-EE (PSOE) del Acuerdo “para conseguir una Euskadi más moderna, solidaria, sostenible y competitiva” ha servido para superar una de las fallas e inconsistencias políticas más graves que se han producido a lo largo de estos últimos tiempos: el reconocimiento público, por parte de los partidos políticos vascos, de una situación económica y social de una gravedad mayúscula, y su incapacidad para establecer cauces de colaboración para hacerle frente. El pacto suscrito dota a las instituciones vascas de una solidez política, económica y presupuestaria suficiente como para hacer frente a los retos que les han planteado cinco larguísimos años de crisis económica.
Decía con razón el lehendakari Urkullu que se pone fin a quince años de política de bloques y división. Quince años que comenzaron cuando, como consecuencia del Pacto de Lizarra-Garazi, en el Estado español se encendieron todas las alarmas al comenzar un proceso de Paz en Euskadi que, en segunda derivada, abría la puerta para el establecimiento de nuevas y diferentes mayorías capaces de avanzar en la consecución de la soberanía para el Pueblo Vasco.
Ni el PSE y ni el PP quisieron ser parte activa del proceso de paz de Lizarra, y entre el inmovilismo del Estado y la intransigencia de ETA dieron al traste con el proceso. Hemos tenido que esperar quince años para superar una estrategia antinacionalista que tuvo su primer episodio fracasado en las elecciones del 2001 (recordemos la foto conjunta de Mayor Oreja y Redondo Terreros en el Kursaal), y su perfeccionamiento en el Pacto suscrito por PSE y PP en 2009. En medio se produjo un proceso de ilegalización que se utilizó para distorsionar la representación parlamentaria.
Seguramente el reciente pacto entre EAJ-PNV y PSE no hubiera sido posible sin otra cuestión que ha ido cobrando fuerza tras el anuncio por parte de ETA del cese definitivo de la actividad armada: la decisión estratégica por parte de la izquierda abertzale de emular al Sinn Féin, que dobla en representación al SDLP en la Asamblea de Irlanda del Norte, invirtiendo lo que ocurría cuando el IRA estaba activo.
La izquierda abertzale está desarrollando una estrategia de “todo vale” contra EAJ-PNV que se ha activado en todos los planos institucionales: en el municipal, acosando personalmente a cabezas visibles de nuestro partido, en el territorial, pretendiendo ensuciar la imagen de EAJ-PNV haciendo uso de sus poder institucional (Gipuzkoa) y en el nacional, negando el pan y la sal a un Gobierno Vasco sin un apoyo parlamentario suficiente.
Por mucho que la izquierda abertzale utilice una retórica integradora dirigida al conjunto del espacio nacionalista, la praxis diaria de sus principales responsables políticos da a entender que el desgaste sistemático de EAJ-PNV y la supremacía de EH Bildu en las distintas instituciones es una parte central de su esquema táctico. Lo peor de todo esto es, además, que los instrumentos que utilizan para intentar lograr el citado desgaste (ataques personales, manipulaciones, coacciones, insultos…) pertenecen a una cultura política que todos considerábamos superada.
Tuve la suerte de acudir a Barcelona el pasado día 11 de septiembre, fecha en la que se celebró la Diada y también la Vía Catalana, un precioso ejercicio de movilización popular que ofreció al mundo entero un ejemplo de cómo plantear una reivindicación nacional, superando rencillas partidarias o sindicales y soslayando enfrentamientos identitarios.
Es evidente que debemos reflexionar en torno a la pregunta de por qué no es posible en los tiempos que vivimos impulsar dinámicas parecidas en Euskal Herria. Una de las explicaciones más convincentes subraya la aceptación generalizada en Cataluña, ya desde los tiempos de la transición, de un lema que ubicaba el interés nacional por delante del partidista o identitario: “Catalunya, un sol poble” (Cataluña, un solo pueblo).
“Euskal Herria, herri bakarra” no es un lema que interiorizamos realmente los vascos y vascas. No lo hacemos, porque en el ámbito nacionalista se antepone la defensa de los intereses partidistas o sindicales a la defensa de los derechos nacionales (reconocimiento del pueblo vasco, su derecho a la autodeterminación, etc.). Y no lo hacemos, porque en el ámbito no nacionalista se niegan siquiera a reconocer la propia existencia del pueblo vasco y su derecho a decidir su propio futuro. Estas son las grandes diferencias entre Euskadi y Cataluña.
El pacto entre EAJ-PNV y PSE abre una vía al entendimiento entre tradiciones políticas de obediencia nacional diferente en Euskadi. Pero tenemos que ir más allá. Para que nuestro país avance hacia escenarios homologables a los de Escocia y Cataluña, es imprescindible que se abandonen las dinámicas partidistas en el ámbito abertzale, y es también imprescindible que una parte importante del campo no nacionalista avance, como en Cataluña, en el reconocimiento de nuestro pueblo y su derecho a decidir.
Vivimos una coyuntura internacional en la que tenemos la oportunidad de dar un paso adelante en el logro de los derechos democráticos de nuestro pueblo, y ciudadanía vasca no acaba de comprender por qué no somos capaces de preservar un espacio común que nos permita desarrollar una colaboración eficaz. Ojalá nos pase lo que ha sucedido en Cataluña: que la propia sociedad se ponga por delante de su clase política y le marque la dirección. No pierdo la esperanza de que esto acabe sucediendo en Euskadi.
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