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2015/08/08

Quince años sin Joxe Mari Korta

Hoy se cumplen quince años desde que ETA asesinó a Joxe Mari Korta, un atentado que volvía a impactarnos días después del asesinato de Juan María Jauregi.
Quince años sin Joxe Mari Korta

En el pleno celebrado en el ayuntamiento de Zumaia para condenar el asesinato, uno de los trabajadores de la empresa familiar se dirigía a ETA y le preguntaba por qué había matado a Joxe Mari y qué ganaba con esto Euskal Herria.

Hoy, quince años más tarde, la pregunta sigue en el aire, y la respuesta no dada, es necesaria para cerrar una etapa y abrir otra: la del encuentro social. No se entienden los silencios de ayer, pero aún menos los del presente si lo que queremos construir es la convivencia.

Hoy, la situación política es distinta, ya nadie apuesta por las vías que no sean políticas y democráticas. Sin embargo, aún tenemos un camino por recorrer si queremos consolidar un futuro en paz y asegurar con garantía  la no repetición de nuestra historia reciente. De todo lo acontecido tenemos que aprender y memorizar una lección, muy clara, que podamos transmitir a nuestras siguientes generaciones para que en el futuro nadie justifique la barbarie: Ninguna causa u objetivo político puede justificar nunca  una vulneración de derechos humanos, y mucho menos la principal: el derecho a la vida.

No podemos alterar el pasado, dar marcha atrás y volver a escribir la historia, la de cada uno de nosotros y la de nuestro pueblo. Sin embargo, sí podemos y debemos desde este presente construir una sociedad que articule una memoria colectiva no neutral y activa contra la quiebra de los derechos humanos y sus consecuencias y que mire al futuro, sin revanchismos ni humillaciones.  Hoy tenemos que invertir en verdad, justicia y reparación, y en sentar las bases para la no repetición. Hoy tenemos que invertir en el futuro de nuestro Pueblo, un pueblo de personas libres en el que la dignidad humana y el respeto sean las bases de su futuro.

 Más allá de condenas,  debemos calificar los hechos. Cuando acudimos a un acto a recordar a una víctima, tenemos que ser capaces también de reconocer que el acto que llevó a esa persona a perder la vida estuvo mal, que es injustificable e injusto. Tenemos que ser capaces de mirar a la familia de Korta y a sus amigos y decirles que no había  ninguna causa que justificara su muerte y que no ha servido a Euskal Herria para nada, sólo para crear más dolor. Y así como miramos a la familia de Joxe Mari, también debemos mirar a las de tantas y tantas otras víctimas, independientemente de su victimario.

Si nuestra base para calificar lo que está bien o mal son los derechos humanos, lo son para medir lo que sucede de ahora en adelante, y también lo que ocurrió en el pasado. Los derechos humanos son universales, inalienables e indivisibles, no existen los derechos humanos de “unos” o de “otros”, no se justifica su vulneración con la vulneración de otro, no existen los derechos humanos  del pasado, del presente o del futuro. Es lógico que nos duela más la muerte de un ser querido que la de un conocido, y evidentemente más que la de un desconocido. Pero, si tanto el conocido como el amigo son asesinados, el asesinato es la misma conculcación, independietemente de quién sea el victimario, el autor,  y exigirá la misma reparación.

Porque detrás de cada conculcación, como en el caso de Korta, hay una mujer,  tres hijos, hermanos, sobrinos, trabajadores, amigos y todo un pueblo que no entendió, que no entiende y que se sigue preguntando ¿Por qué? Y ¿Para qué? Y quien tuvo y aún tiene que responder, no lo ha hecho. Y es necesario que lo haga, para que en el futuro nadie tenga dudas de que la violencia no sea un recurso válido para el logro de una causa o un objetivo político.

No fue un recurso válido con Joxe Mari Korta hace hoy quince años, tampoco lo fue con Juan María, Francisco, Ramón, Josu, Tomás, Mikel, Gurutze, Froilán,  Santiago… ni con demasiados otros y otras que hoy no están entre nosotros.

Dependerá de todos, de las personas que trabajamos en las instituciones, de los partidos políticos, de las asociaciones, de los educadores, de los periodistas,  de la sociedad en general, y con diferentes grados de responsabilidad, tejer los pequeños acuerdos que nos lleven a escribir la memoria de nuestro Pueblo, la memoria inclusiva, no olvidar lo ocurrido, reconocer y reparar en lo posible a las víctimas.

Tejer red entre las instituciones y la sociedad, hacer pedagogía, educar para la paz y los derechos humanos y  llegar a acuerdos. Esos son los objetivos. Serán necesarios muchos microacuerdos, y crear puentes para que  desde el respeto podamos  convivir y defender cada uno nuestras posturas. Este también  será el trabajo de la Dirección de Convivencia y Derechos Humanos de la Diputación Foral de Gipuzkoa,  y lo haremos con todos. Serán necesarias alianzas entre actuación política, institucional e iniciativa social. Trabajaremos para gestar consensos sociales básicos.  No será fácil, ni rápido. Un proceso de reconciliación de la convivencia es largo, complejo y frágil, pero es necesario. Lo es si queremos respetar la memoria de todos los que hoy no están, si queremos justicia para tanta sinrazón,  si queremos reparación, y  si queremos que en el futuro nadie crea que el uso de la violencia es legítimo para imponer su proyecto político o su razón de estado.

Maribel Vaquero

Directora de Convivencia y Derechos Humanos de la Diputación Foral de Gipuzkoa

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